Letras al vuelo

Alfonso  Reyes en las antípodas

Por Gregory Zambrano (@gregoryzam)

 

Edición bilingüe español-japonés de Visión de Anáhuac

La trascendencia de la obra de don Alfonso Reyes, con sus variados registros en todas las formas contemporáneas de la expresión literaria, filológica y filosófica, nos tiene siempre en el camino del asombro y de la admiración. Visión de Anáhuac es una obra maestra, breve y concisa, una pieza fundamental para comprobar el certero manejo del idioma y el conglomerado de imágenes que una tras otra, como una catarata, nos abre los caminos de la imaginación y con ella el disfrute del idioma.

Recordarlo en el centenario de su publicación es más que un homenaje. Cada lectura plantea nuevos sentidos y responde a diferentes interrogantes, que iluminan la curiosidad y el asombro de cada generación. No es difícil sospechar que así será en los años por venir. La memoria del escritor afianza el pasado para hacerlo reverberar en el futuro.

 Del idioma en transición

 Este texto es una perfecta muestra de sincronía lingüística y de mestizaje cultural. En sus páginas podemos recorrer la filigrana de palabras que se fueron conjuntando para crear una forma expresiva llena de gran belleza. Encontramos aquí, amalgamados los vocablos autóctonos que se conjuntaron con las palabras castellanas para darle una nueva dimensión a la expresión americana, como diría Lezama Lima. Y es que no sólo las palabras cobran una dimensión novedosa sino que la disposición sintáctica promueve un acercamiento a la hibridación de lo que la palabra denota y connota.

De los tres espacios de la antigua Tenochtitlán que según Reyes, “concentran la vida de la ciudad”: la casa de los dioses, el mercado, y el palacio del emperador, voy a referirme a uno de los pasajes que considero más emblemáticos de Visión de Anáhuac: la descripción del mercado, donde, según Hernán Cortés están “todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra”.

El mercado, con su dinámica de gentes y palabras, lleno de florería y musicalidad, envuelve la magia de la lengua náhuatl y los equivalentes que trataron de escribirse, sin éxito, en la lengua del conquistador. No habiendo otra manera de designar los productos nuevos –al principio extraños en apariencia, sabores y usos, casi todos desconocidos–, que tuvieron que acostumbrarse a designar con los vocablos de la lengua autóctona. El tianguis –como se le designa aún hoy– representa un punto de encuentro social y cultural, un centro de intercambio de productos y mercaderías, pero también de un punto de intercambio de palabras:

Allí venden —asienta Cortés— joyas de oro y plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño; huesos, caracoles y plumas; tal piedra labrada y por labrar; adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar. Venden también oro en grano y en polvo, guardado en cañutos de pluma que, con las semillas más generales, sirven de moneda. Hay calles para la caza, donde se encuentran todas las aves que congrega la variedad de los climas mexicanos, tales como perdices y codornices, gallinas, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas y pajaritos en cañuela; buharros y papagayos, halcones, águilas, cernícalos, gavilanes. De las aves de rapiña se venden también los plumones con cabeza, uñas y pico. Hay conejos, liebres, venados, gamos, tuzas, topos, lirones y perros pequeños que crían para comer castrados. Hay calle de herbolarios, donde se venden raíces y yerbas de salud, en cuyo conocimiento empírico se fundaba la medicina: más de mil doscientas hicieron conocer los indios al doctor Francisco Hernández, médico de cámara de Felipe II y Plinio de la Nueva España. Al lado, los boticarios ofrecen ungüentos, emplastos y jarabes medicinales. Hay casas de barbería, donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde se come y bebe por precio. Mucha leña, astilla de ocote, carbón y braserillos de barro. Esteras para la cama, y otras, más finas, para el asiento o para esterar salas y cámaras. Verduras en cantidad, y sobre todo, cebolla, puerro, ajo, borraja, mastuerzo, berro, acedera, cardos y tagarninas. Los capulines y las ciruelas son las frutas que más se venden. Miel de abejas y cera de panal; miel de caña de maíz, tan untuosa y dulce como la de azúcar; miel de maguey, de que hacen también azúcares y vinos (…).

Así continúa la descripción detallada, el inventario de productos para un sinfín de utilidades, que es una delicia recorrer. Los espacios de la gran urbe, la alucinante Tenochtitlán, son recreados con deleite. El templo mayor, los jardines y palacios, las caminerías que iban del centro del Zócalo hasta perderse en los canales de aquella ciudad flotante, son descritos con palabras precisas, como si fuesen un pincel de trazo fino. Allí está la ciudad que tan fuertemente debió impactar a aquellos nuevos viajeros, y que Bernal Díaz del Castillo inmortalizó con la expresión que daría a conocer la grandeza de la ciudad, “la regional más transparente del aire”. Todos estos detalles nos ponen frente a una escenografía casi idealizada y única, también estimulada por la imaginación cuando las palabras conocidas no fueron suficientes para nombrar sus particularidades magníficas.

Cuando leemos este ensayo-poema antes de conocer la ciudad de México, podemos darle rienda suelta a la imaginación, pero cuando ya hemos podido hollar con nuestros pasos los pequeños escenarios de la gran urbe, se abre ante nosotros un abismo para el asombro. Así pues, nos pasmamos ante la grandeza de la estirpe que fue capaz de construir tal prodigio y nos abismamos ante la certeza de cómo fue posible su destrucción.

Alfonso Reyes sitúa la mirada entre estos dos planos y nos ofrece generosamente el proceso al que él llegó por una especie de alquimia poética, que tensa dos momentos como si fuesen hilos históricos, cuyo centro nos permite detener por un momento la imagen, mejor diría, retenerla como una estampa en la memoria.

La ciudad es una emoción dibujada con palabras

 Esta ciudad alucinante que imaginamos a partir de sus ruinas, nos invita a imaginar el esplendor de su pasado. La gran Tenochtitlán se queda estática en las metáforas, pero avivada por sus colores y su dinámica cotidiana, gracias a la pluma exhaustiva de Reyes, quien nos lleva a disfrutar su emoción evocadora.

Alfonso Reyes en Madrid, 1915.

Pensar que el joven Reyes, exiliado en Madrid, con apenas veinticinco años de edad, en los albores de la Primera Guerra Mundial, distante geográficamente de aquella ciudad entrañable, era capaz de recrear esa estampa viva de la ciudad con sus esmerados detalles, nos lleva a concluir en que se trata de una imagen motivada por la melancolía. Detener la ciudad en el recuerdo era también una forma de dibujarla con palabras para compartirla con generosa prolijidad.

Ahora que los lectores japoneses, podrán leer esta obra maestra gracias al esmero del profesor Takaatsu Yanagihara; podrán comprender por qué la Ciudad de México ha ejercido una especie de atracción magnética para los viajeros desde hace tantos años y, tal vez ahora, podrán también disfrutar en la conjunción de los caracteres latinos el encantamiento que se oculta en los kanjis, que traducen un mundo mágico y que deleita el oído con la música de sus reverberaciones.

Bien por la Universidad Autónoma de Nuevo León, que ha promovido la edición bilingüe y bien por la embajada de México, que ha acogido este acto de presentación como un amoroso homenaje a don Alfonso Reyes y a su México entrañable, que es de todos quienes amamos su cultura, su pasado, su presente y anhelemos su mejor futuro.

(Transcripción de las palabras pronunciadas en la Embajada de México en Tokio, el 16 de junio de 2016 en la presentación de la edición bilingüe español-japonés de Visión de Anáhuac, con ilustraciones de Rafael Teniente, traducción de Takaatsu Yanagihara y prólogo de Adolfo Castañón, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2016).

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Ana Isabel, una niña decente que rompe fronteras

Por Gregory Zambrano (@gregoryzam)

Ana Isabel en ingles

 

Acaba de aparecer la traducción al inglés de Ana Isabel, una niña decente, la emblemática novela de Antonia Palacios (1904-2001), publicada en Buenos Aires por la Editorial Losada, en 1949. Ahora, con traducción de RoseAnn Mueller, profesora emérita del Columbia College de Chicago, alcanzará otros horizontes y nuevos lectores. 

En la Caracas de los años veinte, que todavía no comenzaba a transformarse —gracias al petróleo— en la urbe moderna que un día fue, una niña soñaba con hadas y un príncipe que la desposara. La ciudad entrañable, vista desde el espacio enmarcado de La Candelaria, se ha quedado como un recuerdo, como una tarjeta postal, que revive en los gráciles trazos que Palacios imprimió en su breve e intensa novela.

En aquel rincón caraqueño la economía casera se basaba en la elaboración de dulces tradicionales, los niños combinaban su educación, prácticamente doméstica, con los juegos infantiles, las rondas y canciones, no había mayor distracción. En ese contexto crecía la pequeña Ana Isabel, entre los rigores de la familia y, hasta cierto punto, sometida a las limitaciones que le imponía su condición femenina. Entonces tenía ocho años y comenzaba un viaje interior que acaba en su pubertad. El marco de la novela es aún la Venezuela rural sometida al silencio y a una espera postergada bajo la mirada de una dictadura que se hacía eterna, la de Juan Vicente Gómez.

Ana Isabel, una niña pobre pero decente, sueña mientras vive su tránsito de la infancia a la adolescencia. La niña que jugaba ya no es la misma después de una enfermedad que le descubre su cuerpo y su sensibilidad. Es éste el momento en que se define su conocimiento del yo y se afirma en ella la subjetividad femenina. En el camino descubre las injusticias, la sombra del poder, el miedo al pecado y a la muerte. 

La novela reconstruye poéticamente el viaje a los alrededores de Caracas, la excursión al campo, las faenas del campesino, los juegos infantiles y las riñas entre niños, todo esto marcado por una fuerte tensión social.

En su introducción la traductora establece relaciones de correspondencia entre la obra de Antonia Palacios y la de Teresa de la Parra. Memorias de Blanca y en parte Ifigenia, en su carácter semiautobiográfico, muestran de manera irónica el crecimiento de las niñas en una Venezuela que se prepara para afrontar cambios sustanciales al devenir la explotación petrolera.

Antonia Palacios escritora
Antonia Palacios, escritora venezolana

En las condiciones en que crecían las mujeres, todavía estaba muy fuertemente marcado el carácter conservador de la sociedad patriarcal. En la analogía de filiación histórico-literaria entre Palacios y Teresa de la Parra, la traductora advierte cómo se produce una transformación en el enfoque crítico de Ana Isabel… y también cómo en el aspecto formal, se evidencia la tensión poética del lenguaje consustanciado con la expresión narrativa, condición dada por ser Antonia Palacios una autora que habría de ofrecer importantes frutos poéticos en libros como Viaje al frailejón y Textos del desalojo. Esta condición, según Mueller, transfiere a su novela un lenguaje espontáneo y lírico. 

El mundo de Ana Isabel está marcado por las diferencias raciales, y su consecuente praxis de discriminación. Ella vive este mundo con una mirada perpleja, pero poco a poco va reconociendo las injusticias y desmontándolas con un razonamiento crítico que desdice de su inocencia.

En medio del dolor y las carencias familiares se cuela su mirada cuestionadora de la injusticia social, su proceso de crecimiento y maduración le va permitiendo, de manera muy consciente, asimilar los cambios de su cuerpo y también los factores que rodean su vida.

La traductora hace notar que en todo este proceso aparece una fuerte carga de melancolía en la protagonista. Esta melancolía viene dada por la asunción irremediable de las carencias que circunscriben sus condiciones de vida. También por el hecho de que ella está perfectamente consciente de la realidad que vive, gracias a su inteligencia y su sensibilidad, que la muestran como un ser crítico, mientras que la mayoría de los personajes que le rodean parecían ajustarse a las fatalidades del presente.

Ana Isabel Monte Avila

Para la traducción, comenta Mueller, fue necesario consultar con personas familiarizadas con el entorno de la novela, o acudir a asesores filológicos quienes le permitieron esclarecer el sentido de algunos venezolanismos, muchos de ellos prácticamente en desuso. Como solía hacerse en publicaciones de aquella época, se consideraba a un potencial lector fuera de las fronteras nacionales, que necesitaban algunas orientaciones para comprender mejor los giros del lenguaje o las particularidades del léxico, a veces marginal por su condición de ruralidad, o a veces citadino pero circunscrito a ciertas regiones del país. Esto sin duda aportaba un valor agregado a la edición, y hacía más comprensible la obra. En ese sentido, para la traducción de esta novela aprovecha la edición que hiciera en 1969 Monte Ávila Editores, la cual incorpora un glosario de venezolanismos, donde se explica el nombre de plantas, animales y alimentos. Esta traducción igualmente la incluye, acompañada de una bibliografía y una cronología de Antonia Palacios. Oportuno homenaje a la escritora venezolana, quien presidió el Primer Congreso Venezolano de Mujeres en 1940 y fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura en 1976. Por  supuesto, la traducción de Ana Isabel, una niña decente al inglés es el reconocimiento a su autora y a esta novela inolvidable, una de las más sutiles y entrañables de la literatura venezolana del siglo XX.

RoseAnna Mueller enseña sobre arte y literatura latinoamericana. En 2002 vivió en Venezuela como investigadora y profesora, adscrita a la Universidad de Los Andes, en Mérida. En 2012 publicó en inglés Teresa de la Parra: A Literary Life.  Aquí los datos de su traducción: Antonia Palacios. Ana Isabel a respectable girl. Translated by RoseAnna Mueller, Montreal, Universitas Press, 2016. 

©Gregory Zambrano
16.07.2016

Salir a jugar: Julio Cortázar, de la A a la Z

Por Gregory Zambrano (@gregoryzam)

A a Z libro0001Muchas veces se ha insistido en el carácter lúdico que destaca en la obra de Julio Cortázar.  El afán por el juego se muestra en diversos cuentos, en sus poemas y en varias de sus novelas. Quizás sea en la más célebre de ellas, Rayuela donde las opciones de juego van más allá de los simples saltos entre cuadrículas persiguiendo un destino entre el cielo y el infierno. O una novela articulada al gusto del lector que, cincuenta años después de publicada, la sigue armando a placer mientras busca desentrañar las peripecias del amor entre La Maga y Oliveira; o los sentidos del idioma glíglico, que le permitan entender exactamente lo que significa amalabar el noema. (“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes” (Rayuela, cap. 68).

También es un juego el arte de esconderse entre las palabras, donde alguien puede pasar de perseguido a perseguidor y viceversa, correteando para disimular sus obsesiones. Así pues, por ejemplo, La vuelta al día en ochenta mundos, ya de por sí una parodia al más famoso de los libros de su tocayo Julio Verne, es un collage de noticias singulares, enigmas, imágenes y textos dispuestos a desafiar las sintaxis más extravagantes para tratar de entender “cuántos mundos hay en el día de un cronopio o un poeta” (“La vuelta al día”, p. 296).

A finales del año 2013 se publicó un libro que va en sintonía con ese placer cortazariano de ir armando distintos rompecabezas y descubriendo mapas para organizar la significación: Cortázar de la A a la Z, un álbum biográfico. Editado por su viuda, Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, estudioso de la obra del gran cronopio, y diseñado por Sergio Kern. El libro, articulado en clave cortazariana, va en sintonía con la no muy ortodoxa obsesión biográfica del autor, quien declaró que no era muy amigo de la biografía en detalle, de la documentación en detalle, y para quien “Toda biografía es un sistema de conjeturas”. (“Biografía”, p. 49).A a Z libro0004

Este libro-almanaque, como le gustaba a Cortázar llamar a estas “pequeñas aventuras imaginarias” (p. 287), puede leerse como indica su propuesta, de la A a la Z, como el diccionario, comenzando por la palabra clave, la palabra enigma, la palabra interés y pasearnos por sus detalles minuciosos y familiares, los viajes, los amigos, los lugares emblemáticos, literarios o no, paisajes y postales, fotografías propias y ajenas, los personajes de la historia y la literatura, otros creadores: artistas plásticos, cineastas, escritores, músicos, editores. También objetos cotidianos: anteojos, pipas, calidoscopios, instrumentos musicales. Es un libro visual donde una vez más se invita al juego, a la rayuela.

Así, vamos desde una semblanza de grandes pinceladas sobre su abuela, Victoria Gabel de Descotte, quien poseía un antiguo abanico japonés, hasta la ciudad de Zihuatanejo en el pacífico mexicano que corona El libro de los sueños, su texto para el bestiario de Aloys Zötl y la declaración de que alguien “era zurdo de una oreja”. En fin, somos invitados al juego, al entretenimiento  y a la revelación de objetos personales y nuevos textos.

Hay un universo de opciones para mirar la trayectoria vital y artística del escritor. Esta valiosa recopilación nos permite entrar, aunque limitados por una celosía que sólo nos deja ver fragmentariamente, al entramado de amistades y a una copiosa correspondencia con figuras destacadas del siglo XX. Tomo a saltos algunos de sus atajos:

Juego

Cortázar concibió mucho de su literatura con el sentido del juego. Este elemento condiciona su visión del mundo, su personalidad y el fin último de su literatura: hacer sonreír y, sobre todo, hacer pensar, que es la finalidad esencial del humor. De hecho, su libro de poemas, finalmente titulado Salvo el crepúsculo, iba a titularse Palabras para el juego. Cuando ya tenía concluido y listo el volumen para darlo a la imprenta, Cortázar sólo esperaba que el título del conjunto se le revelara como un acto mágico; confiesa en una carta a su editor: “me falta el título, aunque saltará como un conejo en cualquier momento, en cualquier relectura” (p. 255).

En una entrevista con Ernesto González Bermejo señaló que “Todas las mujeres con las que he vivido —que no son pocas— todas sin excepción me han dicho en algún momento: “Lo que a veces es terrible en ti es hasta qué punto eres niño”. Y luego explica cómo su visión de la vida se asimiló al personaje de Peter Pan, el niño que no quería crecer, para finalmente preguntarse sobre el proceso natural que significa madurar. El escritor se responde: “Es una operación selectiva de la inteligencia que va optando cada vez más por cosas consideradas como importantes, dejando de lado otras. Para el adulto deja de ser importante jugar a la rayuela y pasa a ser importante pagar el alquiler. El niño, como a lo mejor ni sabe lo que es el alquiler, juega a la rayuela como algo muy importante” (p. 162). Al respecto, el libro recoge el testimonio de su amigo Mario Vargas Llosa, para quien visitar su casa era “la fiesta y la felicidad. Me fascinaba ese tablero de recortes de noticias insólitas y los objetos inverosímiles que recogía o fabricaba, —recuerda Vargas Llosa— y ese recinto misterioso, que, según la leyenda, existía en su casa, en el que Julio se encerraba a tocar la trompeta y a divertirse como un niño: el cuarto de los juguetes” (p. 174).

Humorcortazar a0002

Deslindando el trigo de la paja, el escritor siempre sostuvo una defensa del sentido del humor. Decía que “a los humoristas les pegan de entrada la etiqueta para distinguirlos higiénicamente de los escritores serios. Cuando mis cronopios hicieron algunas de las suyas en Corrientes y Esmeralda, huna heminente hintelectual hexclamó: “¡Qué lástima, pensar que era un escritor tan serio!”. Sólo se acepta el humor en su estricta jaulita, y ojo con trinar mientras suena la sinfónica porque lo dejamos sin alpiste para que aprenda”. (“Humor”, p. 133).

En ese sentido, ver la vida desde el filón humorístico significa encontrar su lado más amable. Decía Cortázar: “La literatura ha sido para mí una actividad lúdica, en el sentido que yo le doy al juego y que usted conoce ya bien; ha sido una actividad erótica, una forma de amor”. (“Profesionalismo”, conversación con Ernesto González Bermejo, p. 226).

Música

Muchos hemos visto diversas fotos donde Cortázar aparece tocando la trompeta. No era una simple pose fotográfica. El autor fue un consecuente admirador de los grandes trompetistas como Charlie Parker, alter ego de Johnny Carter, un saxofonista de jazz y protagonista de “El perseguidor”. Él mismo, como ejecutante de la trompeta, va dando cuenta de sus progresos con el instrumento en cartas a sus amigos. El libro reseña por lo menos dos momentos: “…he pasado largas horas soplando en mi trompeta para horror de los vecinos, pues eso constituye mi más segura manera de entrar a fondo en cualquier cosa que me interesa de verdad y que quiero conocer por dentro” (Carta a Paco Porrúa, 18 de agosto de 1964, p. 285). En otra carta del mismo año anota: “…sigo haciendo progresos con mi trompeta, y ya los vecinos no se quejan. Aurora sospecha que es porque ya no queda ninguno” (a Sara y Paul Blackburn, 17 de diciembre de 1964, p. 285).A a Z libro0011

Jazz

A propósito de la música, fue el jazz el género que más le impresionó y al que dedicó memorables páginas, aparte de “El perseguidor”, como ésta de Rayuela: “…el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde (…) en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles …” (“Jazz”, 141).

Poesía

Cortázar defendió su vocación poética en contra de las etiquetas que le arrinconaban de manera absoluta en su clasificación como escritor. El Cortázar poeta aludía a los: “…lectores que no están demasiado dispuestos a aceptar que un autor, a que tienen clasificado como cuentista o novelista, se les escape del casillero” (“Poemas”, p. 221). Se definía a sí mismo como un buen lector de poesía y desarrolló una interesante analogía de la mediación poética y los audífonos. Decía Cortázar: “…de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento (…) El poema comunica el poema y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra (…) el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior” (De Salvo el crepúsculo) (“Audífonos”, p. 35).

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Escritura terapéutica

Los elementos fantásticos que rodean muchos de los cuentos de Cortázar han nutrido las más intensas reflexiones por parte de la crítica. No sólo la perfección formal de los relatos sino la construcción de sus atmosferas inquietantes. Son muchas las imágenes que podríamos sumar como ejemplo. Me detendré solamente en “Carta a una señorita en París”, ese turbador relato en el cual el protagonista, que es también el narrador que cuenta en primera persona, vomita conejitos.  El autor confiesa: “escribir el cuento (…) me curó de muchas inquietudes. Por eso, si se quiere, los cuentos fantásticos ya eran indagaciones, pero indagaciones terapéuticas, no metafísicas”.  (“Conejitos”,  p. 76).

Vampiros

Uno de los elementos  que marcan su afición a los elementos fantásticos es la presencia de vampiros —más allá del efecto político que quiso darle a su historieta Fantomas contra los vampiros multinacionales—  esta cercanía licantrópica le acompañó desde su infancia. Así lo resume el escritor: “Si el hombre-lobo no rondó demasiado mi cama de niño, en cambio los vampiros tomaron temprana posesión de ella; cuando mis amigos se divierten acusándome de vampiro porque el ajo me provoca náuseas y jaquecas (alergia dice mi médico que es un hombre serio), yo pienso que al fin y al cabo las picaduras de los mosquitos  y las dos finas marcas del vampiro  no son tan diferentes en el cuello de un niño, y en una de esas vaya usted a saber. Por lo demás las mordeduras literarias  fueron tempranas e indelebles; más aún que ciertas criaturas de Edgar Allan Poe, conocidas imprudentemente en un descuido de mi madre cuando yo tenía apenas nueve años, los vampiros me introdujeron en un horror del que jamás me libraré del todo” (“Vampiro”, p.290).

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Madre

A propósito de la madre, Cortázar siempre destacó el hecho de que ella fuese una buena lectora y que le hubiera inculcado el amor por los libros y la lectura. Su relación fue buena, pese a la distancia física que medió entre ellos durante la mayor parte de sus vidas. Ante la pregunta de un entrevistador sobre su relación materna, al parecer creyendo que es el mismo Cortázar el protagonista de su relato “Cartas a mamá”, el escritor responde:

 “Evitemos el criterio un poco ingenuo de atribuirle a los autores las características de los personajes. Te aseguro que permanezco a salvo de cualquier complejo de Edipo. Mi relación filial ha sido siempre muy intensa. Esto no me impide una completa independencia.  El lazo se anuda con cariño y amistad” (“Mamá”, p. 166).

Entrar a las páginas de este libro es como entrar en un museo; no a ver las piezas en su triple dimensión sino a tocarlas en sus detalles y texturas. Gracias a estos folios podemos palpar metafóricamente los objetos que en él se encuentran, y no sólo los objetos, también aquí las palabras tienen el encanto de lo que se sabe único y perdurable. Los viajes, las lecturas, las fotos, los amores, los paisajes, la música, los amigos, la literatura. En resumen, la vida singular que se tradujo en libros, en obras. Estos, al fin y al cabo, según Cortázar, “van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo” (“Libros”, p. 160).

Refugiados entre estos objetos entrañables, rendimos homenaje al Gran Cronopio, porque nos ha legado una obra intensa y memorable, divertida y profunda. Así, pues, nos ha regalado excepcionales momentos como lectores, instantes que tanto pueden parecerse a la felicidad.

(Aurora Bernárdez,  Julio Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico. México: Alfaguara, 2013).

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Tentar al destino. Susy Calcina Nagai: Largo haiku para un viaje 

Por Gregory Zambrano (@gregoryzam)

 LARGO HAIKU PARA UN VIAJE de Susy Calcina PORTADA

La década de los años 30 del siglo XX marcó la consolidación de la política expansionista del imperio japonés. Mucho antes de la Segunda Guerra Mundial Japón incursionó en los territorios chinos, específicamente en Manchuria, donde extendió sus dominios desde 1931. Entonces, frente al plan avasallante de la Unión Soviética, Japón se sumó en 1936 a la propuesta de creación del “Pacto Anti-Komintern”, junto a la Alemania nazi, al que luego se incorporaría Italia, bajo el dominio de Mussolini, para tratar de mantener la hegemonía sobre China. Luego de la guerra, con la derrota japonesa, no sólo muchos de los soldados fueron hechos prisioneros o deportados, sino que cientos de ciudadanos japoneses, civiles, regresaron a su país imposibilitados para el trabajo y presas de una profunda depresión. En ese marco comienza a desarrollarse la novela de Susy Calcina Nagai, Largo haiku para un viaje (Algón Editores, España, 2013).

Esta obra narra una gran historia marcada por la pasión, el amor, los desencuentros familiares, la guerra, el hambre y los desplazamientos. Nos lleva a recorrer kilómetros de distancia entre las más diversas geografías: Nagasaki, Siracusa, Shangai, Pekín, Hong Kong, Indonesia, Singapur, Bombay, Karachi, Creta, Venecia, Roma, San Francisco, Los Ángeles, Nueva Orléans, Puerto Cabello, Caracas y, finalmente, Barquisimeto…Venezuela, el hogar ansiado e imprevisto.

 La historia de una saga

El coronel Akio  Nakayama, oficial del ejército japonés  es ascendido al grado de general y destinado a China, a donde va con su esposa, la señora Doshi y Jaruko, su única hija, que entonces se preparaba para iniciar los estudios universitarios. Por esta razón la madre y la hija se quedan a vivir en Shangai, mientras que el padre se establece en Manchukuo, donde se asienta la sede política del dominio  japonés sobre el territorio manchú.

La confluencia de ciudadanos de los países aliados en este territorio marca el curso narrativo cuando Jaruko, poco después de terminar sus estudios de Derecho Internacional en  Shangai, ciudad cosmopolita, llamada el “París de Oriente”, conoce a Antonio Rosso, un joven marinero italiano que la rescata, junto a su mascota, en medio de una protesta callejera anti nipona.

Poco después los jóvenes se enamoran y Jaruko decide desafiar los patrones de su formación familiar y reta la aspiración de sus padres cuando les comunica que ha decidido casarse. “Deseaban que se casara con un hombre japonés de su mismo nivel. Tenían  planificado que llegara a un matrimonio concertado, y no con un pescador transformado en soldado, como lo catalogó su padre”.

 La coyuntura de las renuncias 

Ante la negativa del padre para que su hija se casara con Antonio se revela lo que podría interpretarse como una de las condiciones éticas de los japoneses: saldar el pasado y comenzar de nuevo. Jaruko acepta el matrimonio y con esto el cambio de nombre; pasará a llamarse Anna. Se hará cristiana, se casará según los rituales  de la fe católica. Emprenderá así los caminos de su propio destino, una vez que su padre le impuso su sentencia: no sólo será desheredada sino repudiada por él, desdén que sella con una profecía: “no podrás ser feliz si te vas de nuestro lado”. Su reacción ante el rechazo del padre, reafirma de manera paradójica, la lealtad a su condición de japonesa formada en los rituales de la tradición: ser fiel a sí misma.

Una educación férrea atada a la costumbre familiar japonesa y una madre sumisa ante los designios del marido, llevan a Jaruko a deslindarse. Está consciente de que la naturaleza de su madre está signada por la tristeza y la resignación; su mundo es su casa, el jardín, en paciente espera del general, siempre sometido a las exigencias de su alto cargo. Al parecer, no tiene la menor intención de procurarse para sí misma un mínimo de felicidad.

Entonces Jaruko “tomó la decisión de no repetir el destino de su madre y la actitud sumisa de las mujeres orientales”. Esto estimula en ella un rechazo a la figura de la esposa abnegada, que sostiene su carácter en la manera de ser y estar conforme y no revelar sus aspiraciones y deseos o manifestar sus desacuerdos. Jaruko será una esposa distinta.

Ruth Benedict en su clásica obra El crisantemo y la espada, afirma que “Aunque un matrimonio sea feliz, la esposa no está situada en el centro de los círculos de las obligaciones. Por esta razón, un hombre no debe poner sus relaciones con ella en el mismo nivel en que están sus sentimientos hacia sus padres o hacia su país”.

En ese perfil se inscribe la personalidad del general Nakayama y es el que Jaruko cuestiona. Ella no volverá a ver a su padre. Su madre, sin embargo, quiere ayudarla y se reúne con ella en un par de ocasiones, de manera furtiva. La memoria que la hija guarda de ellos se mezcla luego con la tragedia de las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki con las que acaba la guerra. Para entonces ella intuye que sus padres ya habrían regresado a Nagasaki y que allí pudo haberles sorprendió la bomba.

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 Los caminos aguardan

Comprender la situación de su propia madre y no querer repetir el mismo patrón, la llevan a construir su vida de mujer casada desde una perspectiva distinta. Nunca doblega su carácter, impone los valores de su formación cultural y al mismo tiempo que sirve como apoyo a su marido, no se amolda a la visión del mundo tan distinta que tenía aquel  hombre hecho para el trabajo.

La vocación de Antonio está marcada por el ideal de hacer fortuna con la habilidad de sus manos y su instinto aventurero para los negocios, pero que también quiso reproducir el modelo de protectorado y confinamiento de su esposa a las labores domésticas. Anna nunca dejará de rebelarse.

La historia de Antonio y Anna se describe por la línea de acción que deciden ambos, siguiendo ese instinto emprendedor. Se mudan a una ciudad y luego a otra, intentan diferentes negocios. El nacimiento consecutivo de sus cinco hijas y las dificultades afrontadas para mantenerlas y educarlas entre los patrones de dos culturas distintas refuerzan un combinado de visiones del mundo que no logran conciliarse. Por un lado el espíritu tenaz de Antonio, y por el otro, el posicionamiento de Anna, ahora ya no dispuesta como estuvo a sacrificar su nombre y apellido, su posición social privilegiada, la riqueza y el bienestar que tal vez le hubiese esperado de haberse casado con un hombre de su clase, sino que es ella quien busca imponer a sus hijas los valores de su propia educación.

Pero en el contexto de la relación familiar, la situación política y el avance del totalitarismo chino imponen nuevos retos. Ahora debe afrontar las más angustiosas vicisitudes, como las de apoyar a su marido en la búsqueda de horizontes fuera de China. Es así como se bifurcan los caminos que lo llevan a él a explorar opciones laborales en Estados Unidos y a ella a tratar de mantener a sus hijas dignamente, en medio de severas limitaciones económicas.

La Revolución Cultural avanza y con ella las persecuciones a la disidencia, la represión y la hambruna. Todo resulta adverso, al extremo de plantearse la posibilidad de internar a las hijas en un hospicio porque no tenía  la manera de garantizarles mínimamente la manutención. Cuando esto está a punto de suceder, ocurre una coyuntura favorable que le ofrece la obtención de un pasaporte familiar, gestionado por el consulado italiano, para que ella y sus hijas abandonen China. Las seis viajarían a Siracusa, a buscar el apoyo de la familia de Antonio. Los caminos bifurcados finalmente se van a reencontrar en Venezuela, a donde había emigrado poco antes un hermano de Antonio.

Jaruko y sus hijas

 Venezuela, el destino

La acción transcurre a comienzos de los años cincuenta, cuando la dictadura desarrollista de Marcos Pérez Jiménez abría el país a la inmigración y muchos europeos, principalmente italianos, portugueses y españoles, llegaron a Venezuela en procura de consolidar su sueño de paz, tierra, trabajo y libertad.

Paradójicamente, muchos venezolanos sufrían una fuerte represión por parte de la dictadura. El gobierno era implacable con la disidencia y, al mismo tiempo, condescendiente con esos migrantes que a la postre se irían convirtiendo en un modelo de acoplamiento cultural y en la mayoría de los casos, ejemplo de una incorporación muy positiva, favorecida por la “ausencia de racismo dado el mestizaje de la gente”, según afirma la narradora.

Y es en el puerto de La Guaira donde la pareja se reencuentra después de dos años de separación. Desde allí a Barquisimeto donde emprenden una nueva etapa en la que refundan el hogar, con muchos sacrificios. “El mar se acaba donde comienza tu nuevo destino”, decía Antonio, y el país que comienza en la orilla del mar marca también el encuentro con un nuevo derrotero.

Es también el período en que todas sus hijas  (Francesca, Vittoria, Concetta, Anna María y Margarita), consolidan su formación académica y emprenden, cada una a su manera, su camino independiente. Por fin parecía  que el padre alcanzaba el puerto seguro que buscó desde sus lejanos años en Siracusa, y para Anna era la concreción de su sueño de realizarse como artista plástica.

Finalmente, Anna y Antonio parecieran lograr el reposo ansiado, pero no es así. La estabilidad económica vino acompañada de la inestabilidad de pareja, con el crecimiento de sus hijas vino el necesario cambio de sus derroteros. Cada una, así como su madre lo hizo en su momento, desafía los deseos de sus padres y todas comienzan a bifurcar sus caminos y cimentar sus propios destinos.

La saga familiar que comienza con la juventud de los protagonistas se cierra con sus respectivas muertes, lejos de las tierras que los vio nacer y sometidos a los constantes cambios  y desplazamientos que en aquellos años provocó la guerra.

La obra puede leerse como la autobiografía de la madre, recuperada por una de sus hijas sobrevivientes; también como la historia íntima de una saga familiar, permeada por la memoria y escrita de una manera sutil y sincera, sin querer ocultar las debilidades y miserias que ponen a prueba el temple de las personas. Y creo que de igual manera puede leerse como un homenaje a los migrantes del mundo cuyo afán de lucha y supervivencia los convierte en un ejemplo.

Susy Calcina Nagai, escritora venezolana de origen ítalo-japonés, nacida en China, ha escrito un libro colmado de gratitud por ese pasado, en un intento por recuperar los orígenes ancestrales y legarlos como testimonio. En la perspectiva histórica que le sirve de telón de fondo, deja apreciar cómo se fragua el carácter de las personas y cómo se destruyen las sociedades bajo el flagelo de las  guerras. Quizás sea esta obra un reclamo por un mundo de paz que permita construir y consolidar familias y proyectos de vida.

Largo haiku para un viaje es una obra intensa, que atrapa en sus más de 300 páginas. Particularmente me interesan estos relatos que problematizan la condición migrante, las miradas cruzadas, y esta obra lo logra de manera solvente, con una singular manera de compartir los tonos amargos de los desencuentros, la pequeñas victorias del día a día y la fortaleza de los que luchan para sobrevivir contra todas las adversidades.

Gregory Zambrano
Tokio, enero de 2014.

 «El primer error que cometí fue dejar de llamarme Jaruko. Cuando la gente se enamora es capaz de perder hasta el nombre, ese fue mi caso. Las personas se casan llevándose consigo dos equipajes: el primero consta de los enseres y pertenencias; el segundo, contiene el modo de ser y pensar… la tradición, las costumbres, los hábitos y sus gustos. En total son cuatro equipajes que deben ajustarse en un solo espacio que se llama matrimonio.»

 Susy Calcina Nagai, Largo haiku para un viaje (Algón Editores, España, 2013).

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Kiko Mendive y sus vidas de papel. Ibsen Martínez: Simpatía por King Kong.

Simpatia por King Kong Por Gregory Zambrano

 (Para mi amigo Isaac Abraham López,
quien no sólo conoce el cine mexicano…lo ha vivido)

“El día que yo me muera /se acaban los trovadores/ y del cielo bajarán/ otros nuevos cantadores”, rimaba un hombre enjuto que hacía sonar su garganta imitando un bongó y golpeaba con sus manos el volante del camión que conducía. Se reía a carcajadas mientras el vehículo daba bandazos.

Luego le hablaba a un joven que había salido desde la Patagonia argentina: «Ushuaia, fin del mundo, principio de todo». Iba en busca de su padre, guiado por los dibujos que aquél le había enviado años atrás desde algún lugar insólito de América Latina,  y en ellos reconstruía la historia de los personajes que había conocido en el camino.

El joven descubriría que esos personajes tenían vida real y, precisamente, el que ríe y canta a su lado es Américo Inconcluso, a quien creía producto de la imaginación. El hombre no para de reírse estruendosamente y cuando hace una pausa lo mira y le habla, le pincela su filosofía acerca de la vida y la muerte mientras vuelve a los versos de su rumba y al serpenteo del camión que sigue sinuoso en el camino.

Cuando terminé de leer Simpatía por King Kong, la más reciente obra de Ibsen Martínez, volvió a mi memoria aquel personaje tan etéreo y sonriente que tomaba corporeidad y repasaba los males del siglo en los países latinoamericanos azotados por las dictaduras. Esto ocurre en la película “El viaje”, dirigida por Fernando Solanas, con música de Egberto Gismonti y Astor Piazzolla. La volví a ver después de muchos años para encontrarme la mirada desquiciada de Fito Páez en su papel de estudiante preparatoriano, y a un Kiko Mendive que cuenta, canta, baila y como el personaje mitológico que remonta el río Aqueronte, guía al joven Martín que en busca de su padre se encuentra a sí mismo.

La visión cinematográfica me remontó al pasado para imaginar a este mismo personaje, eléctrico y sonriente, cantando en un cine habanero una rumba que decía “King Kong no le temas /al aeroplano enemigo (bis)/ Estamos contigo, King Kong/ Todos los niches, King Kong/ La rubia sí quiere, King Kong/ Y quiere contigo, King Kong”…mientras un coro de muchachos le hacían estribillo. También me gustó imaginar que en una de esas funciones improbables pudo estar Guillermo Cabrera Infante, furtivo en el cine Actualidades, viendo la misma película para después concluir poéticamente en que “la tradición desde King Kong obliga a que el monstruo siempre rapte a la heroína, pero después no sepa qué hacer con ella, más que gastar toda la pólvora del amor en las salvas del suspiro.”

Kiko Mendive
Kiko Mendive

Ciertamente, el Kiko Mendive de carne y hueso que vimos en el cine y la televisión guardaba mucho de la historia musical y artística de Cuba, México y Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, pero él no era más que un sobreviviente. Un personaje de segunda que se representaba así mismo cada lunes en “Radio Rochela”. Ahora Ibsen Martínez lo saca de ese nebuloso pasado donde vive convertido en recuerdo. Vuelve a la memoria la nota cómica, un breve sketch del recordado espacio televisivo diciendo “aguuuua”. Kiko Mendive, o Kiko Malanga es el personaje que junta varias historias en Simpatía por King Kong: la suya propia, arrancada de una sala de cine habanero en los años treinta. Allí comienza el mito. Lo vemos luego en los escenarios mexicanos actuando de la mano de grandes directores cuando el cine de ese país estaba en su apogeo y cosía con hilos dorados su mejor época. Lo vemos intercediendo a favor de Dámaso Pérez Prado para que lo contratara un empresario mexicano, anticipándose así a la leyenda de quién sería llamado el “rey del mambo”. Y lo vemos desplazado a Venezuela huyendo de una historia de amor, de una obsesión que pudiera llamarse Ninón Sevilla, África o Socorro.

Luego emerge convertido en un actor de segunda categoría en un espacio televisivo de corte popular. Hace reír y oculta sus tristezas, sus frustraciones, su procesión, la procesión que va por dentro. Aquí se conecta la segunda historia, la de Venezuela a finales de los años ochenta, el país que comenzaba a fracturarse en la desmesura de sus riquezas, y también en la desidia y la corrupción. Esto es el telón de fondo donde el personaje urde su plan de vida tras las luces de los estudios y los lugares de diversión. Y es también el escenario donde se encuentra aquel día de febrero, cuando comenzaron las protestas de Guarenas, luego los saqueos en la capital y otras poblaciones, el día triste en que bajaron los cerros y se produjo el “estallido social” que recoge la historia con el infausto nombre del “Caracazo”. La obra lo sitúa en el ojo del huracán, impelido al saqueo en procura de un vibráfono. Un final nada glorioso para este antihéroe de papel.

Una tercera historia, la del narrador, repasa también cinematográficamente los hechos de su vida, matizados por la pasión musical, los amores frustrados, la cercanía al poder político y mediático, la memoria de aquellos años llenos sueños que se truncan con el exceso de realidad, porque todo parece adverso, y realmente lo es. Por las páginas de este relato desfilan nombre reales y nombres simulados (cuyos verdaderos rostros son perfectamente reconocibles), mientras pasa una mirada dolorosa sobre el país. El resultado es una obra que nos atrapa por su dinamismo, que nos lleva a recorrer diversos planos espaciales y temporales, como si fuera una suerte de mirada cubista. Nos movemos en distintas geografías y siempre tenemos al país en crisis, al personaje Kiko Malanga que entra y sale del escenario, que se rebusca como vendedor de yuca en el mercado de Quinta Crespo y lucha por sobrevivir en un medio cada vez más deprimido.

El narrador y el personaje se conocen, se recelan, se alejan, se reencuentran. El trasfondo es la pieza musical “Simpatía por King Kong”, que había sido compuesta por Kiko en La Habana, cuando era apenas un adolescente aficionado al cine y a la música popular. La canción que nunca se había grabado, aunque Pérez Prado le hubiese hecho los arreglos. Ese es el leitmotiv de la historia. El narrador se la sabe de memoria y es capaz de cantarla acompañando su voz con el golpeteo de sus manos sobre una mesa.

Este relato juega de manera eficaz a contar una “historia de vida” que no se acopla de manera estricta con los hechos. Los inventa para solapar la verdad ficcional, se apega a lo verosímil. Es el homenaje a un hombre cuya existencia real está dotada de fábula. Es la historia de un perdedor, pero de aquellos tipos que dejan una huella profunda. Por eso los rescata la literatura y los hace duraderos. Ibsen Martínez lo logra con creces.

Quien quiera buscar los hechos épicos de esta historia, que consulte una enciclopedia, quien quiebra reírse, que vea los sketches de Radio Rochela donde Kiko actúa con sus ojos bien abiertos y sus gestos previsibles; quien quiera recordarlo con su acento musical que lo escuche cantando “El telefonito”. Quien quiera acercarse a una historia literariamente bien contada —arte de entretejer con hilo finísimo la intriga novelesca— que lea Simpatía por King Kong. Mejor si es de un tirón. Seguro la disfrutará y también le dará la oportunidad de pensar en aquella Venezuela que daba todas las señales de que se venía abajo; lo hará reír con esa risa que a veces es amarga y gozará con las peripecias de aquel personaje que abandonó su país, no casualmente un día de Santa Cecilia, en 1938 (¿o acaso fue en 1939?), y recorrió diversas geografías antes de recalar en la Tierra de Gracia donde entregó su talento y dejó sus huesos en medio de la más atroz indiferencia.

(Ibsen Martínez, Simpatía por King Kong, Caracas, Planeta, 2013).

Kiko Mendive canta El telefonito, canción de Silvestre Méndez,  en la película mexicana “El amor de mi bohío” (1946).

http://www.youtube.com/watch?v=Wo-AYYXCRV0

Ramos Sucre y la certeza del abismo. Rubi Guerra: La tarea del testigo.

Rubi Guerra: La tarea del testigo.
Rubi Guerra: La tarea del testigo.

Por Gregory Zambrano

La vida de José Antonio Ramos Sucre ha sido siempre un enigma. Sobre todo el sufriente tránsito de su insomnio y el desenlace que culminó con su humanidad llena de veronal, en la ciudad de Ginebra. Ramos Sucre, poeta de lenguajes abismales era el cónsul de Venezuela en Suiza. La prisa de sus últimos escritos revela el desasosiego y la angustia, que ya no le dieron otra oportunidad.

Los últimos meses de su existencia oscilaron entre el ferviente deseo de encontrar una solución a su salud nerviosa, largamente resentida por el insomnio, y la certeza de que esto no sería posible. De allí su angustia.

Ese tránsito lo explora muy de cerca la obra de Rubí Guerra, La tarea del testigo. Una novela-ensayo, un relato biográfico-epistolario; un libro hermosamente escrito, donde paso a paso nos aproxima a esa línea límite, a ese abismo del que no habrá salida. El libro se estructura en nueve partes y un apéndice titulado “Tres historias perdidas” (En la barca, La taberna, La campaña), e incorpora cartas, apuntes de breves reflexiones y una mirada retrospectiva  a todo lo que significó su escritura, no sólo para las letras venezolanas sino para la lengua castellana.

Ramos Sucre es un atormentado, y al mismo tiempo un iluminado por el don de las lenguas y las metáforas imprevistas. Su trágica lucidez, como se ha advertido con acierto, se consolidó en una obra singular, breve e intensa: Trizas de papel, Sobre las huellas de Humboldt, ambos acopiados luego en La torre de timón; Las formas del fuego, El cielo de esmalte, y Los aires del presagio, un libro póstumo que reúne un conjunto de cartas, reflexiones y textos breves que revelan su aguda visión del mundo y la conciencia de su final cercano.

Mucho se ha dicho y escrito a cerca de su obra tan original, llena de reminiscencias clásicas, rica en giros y propuestas sintácticas. También su alucinada forma de escribir o resignificar los sueños, o las pesadillas recurrentes. Ramos Sucre depuró el lenguaje de artificios retóricos y, al mismo tiempo, propuso ciertos enigmas que un poco apuntan al misterio de sus angustias y a su permanente insomnio.

La obra de Rubi Guerra transita limpiamente este camino. Ramos Sucre es “el Cónsul”, un personaje que no cuenta su propia tragedia sino que la vive, y nos acerca a un hombre profundamente humano; primero, angustiado por el insomnio y luego, cercado por sus pesadillas cuando por fin logra a medias conciliar el sueño. El tránsito vital de Ramos Sucre en procura de la salud va marcando también algunos escenarios europeos: Alemania, Génova, Italia y, finalmente, Suiza; este último espacio le augura la certeza del abismo. Ya no tendrá salida.

El narrador y el poeta se encuentran en una línea inestable entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia. El narrador siente su cercanía, le habla como a un amigo cercano, directamente, devolviéndole sus propias palabras: “Debería hablarte como a un hermano y encontrar alguna forma de consuelo (para ti, para mí) en el descubrimiento de que la muerte no es una blanca Beatriz que visitará la mar de tus dolores, pero tampoco hay lobos aullantes en la noche que cubre un desierto de nieve. La muerte es una hiedra que crece en los pulmones, una floración venenosa que ocupa toda cavidad de rosada entraña, un cristal de hielo que corta el paso del aire y destruye los tejidos”.

En vísperas de un aniversario singular, Ramos Sucre anota: “mañana cumplo cuarenta años y hace dos que no escribo nada. No me resigno a pasar el resto de mis días, quién sabe cuántos años más, en la decadencia mental. Toda la máquina se ha desorganizado”.

Este libro, escrito con sensibilidad y profundidad, condiciones propias de un escritor atento a los detalles, rinde también homenaje a otro de los poetas míticos y lamentablemente olvidados de Venezuela, Cruz María Salmerón Acosta, quien murió de lepra, rodeado de mar, en el ya mítico Manicuare, hogar de pescadores. Hay una pequeña y amorosa biografía de Salmerón Acosta intercalada en estas páginas. Bajo la complicidad del poeta Salmerón, Ramos Sucre habría de conocer el amor de mujer, experiencia al parecer, única y que quedó fuertemente atada a sus recuerdos adolescentes, pues sucedió el mismo día en que ambos se graduaron de bachilleres.

Grato leer esta obra de Rubi Guerra y seguir de cerca el tránsito del poeta cumanés en los últimos meses de su vida. Afortunado encontrar en estas páginas su prodigiosa palabra y como lectores, quedarnos deslumbrados por aquella inteligencia luminosa y su tragedia en un marco histórico ensombrecido por una larga dictadura. La tarea del testigo le valió a Rubi Guerra el Premio de Novela Corta Rufino Blanco Fombona en 2006.

(Rubi Guerra, La tarea del testigo, Caracas, El lugar Común, 2012, 110 p.)

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LETRAS AL VUELO

Ni gaucho ni insufrible: Roberto Bolaño y la no ficción de Entre paréntesis.

Roberto Bolaño, ensayista: Entre paréntesis
Roberto Bolaño, ensayista: Entre paréntesis

Por  Gregory Zambrano

Acaban de cumplirse diez años de la muerte de Roberto Bolaño. En Chile, en México, en España, lo recordaron con una serie de eventos de índole académica y editorial; también fue una oportunidad para reconocer la enorme fuerza de su obra narrativa, poética y ensayística. Los lectores ya se cuentan por legiones en la lengua española, en inglés, francés, japonés y otros idiomas.

En el ámbito de la expresión ensayística, la obra de Bolaño tal vez sea la menos publicitada y ha circulado como corolario de sus novelas y cuentos.

Entre paréntesis reúne textos escritos entre 1998 y 2003. Recoge sus discursos, que el mismo autor consideraba como “insufribles”. Tres en total: “Derivas de la pesada”, sobre la literatura argentina; “Discurso en Caracas”, cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos, y la tercera, sobre su propia condición trashumante: “Literatura y Exilio”. Me gustó una de sus conclusiones: “El trabajador no puede ni debe sentir nostalgia: sus manos son su patria”. Para él, que no tenía prurito nacionalista, el sentido de pertenencia tenía que ver más con el lugar de donde son sus hijos.

El libro también recoge una serie de artículos divulgados en periódicos (el Diari de Girona –que los traducía al catalán- y, principalmente, en Las últimas noticias, de Chile), donde se publicó su columna “Entre paréntesis”. Estos artículos, que se ocupan fundamentalmente de literatura, se publicaron durante poco más de un año y constituyen el apartado mayor del libro. Igualmente, se recogen algunas crónicas y notas críticas sobre literatura chilena, reunidas bajo el título de “Fragmentos de un regreso al país natal”. Las siguientes series se titulan sucesivamente “Escenarios”, “El bibliotecario valiente” y “Un narrador en la intimidad”. Cierra el libro una entrevista, famosa ya —tal vez por su fuerte dosis de acidez— que Mónica Maristain le hizo a Bolaño para la revista Playboy. El recorrido de estos textos, sus circunstancias y procedencia, aparecen perfectamente explicados por el editor, Ignacio Echevarría.

Leer a Bolaño en su prosa no ficcional es un verdadero placer; es como escuchar sus pláticas, de las que se recuperaron varias —sobre todo entrevistas—, disponibles en Youtube. Lamentablemente, no son muchas.

El prologuista y compilador, Ignacio Echevarría, advierte que los textos recogidos en este libro representan una especie de biografía intelectual. Allí está el diálogo con algunos autores contemporáneos suyos, muchos de ellos sus propios amigos (Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya, Juan Villoro, Javier Cercas, Rodrigo Fresán, entre otros), también sus lecturas, la ironía persistente, su humor; la agudeza de sus intuiciones; a veces su autocrítica. Todo esto revela los detalles de su proceso creativo, sus búsquedas en el campo literario, pero también el desahogo humano entre contradicciones, incertidumbres y azares.

Entre paréntesis en un libro que va más allá de la crítica, y que una vez leído deja una sensación sumamente placentera, y no me parecería exagerado decir que luego invita a una relectura a saltos, como el código cortazariano de Rayuela. Por demás un autor al que Bolaño leyó con devoción.

Si bien es cierto que la crítica es un oficio creativo no exento de riesgos, el de Bolaño en este sentido es una fuente de iluminación: sus gustos, aficiones y caprichos de lector. El oficio de un escritor sin sosiego, la profesión de fe de un militante efusivo en este espinoso mundo de las letras. Como ya se advirtió, en la mayoría de los casos, los textos fueron recuperados principalmente de diarios y revistas. Cada uno en sus diversos alcances permite seguir de cerca las obsesiones de Roberto Bolaño, su profunda vocación de escritor y su compromiso con la obra propia como una trama, más que intelectual, profundamente vital.

Roberto Bolaño, Entre paréntesis (Ensayos, artículos y discursos, 1998-2003), Barcelona, Anagrama (5ta. edición, 2011).

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