Narrativa


BOTERA

I


Ya dejó de llover. Leonardo apuró el último trago de su coca cola y abandonó “El Moro”, para bajar a la estación Salto del agua. El metro no podría detener su ansiedad. Miró su reloj y pensó que Ariana estaría a punto de llegar al pórtico del Palacio de Bellas Artes, el lugar del encuentro. Tres semanas de espera eran demasiado tiempo, y las constantes llamadas telefónicas, día por medio, le permitieron calcular la expectativa que también habría despertado en ella. Blanca….atractiva…un poco pasadita de peso…era su palabra viva, la que no distaba mucho de la descripción que días atrás había leído en Tiempo Libre, la revista de los ociosos, de los que buscan alguna opción para el fin de semana. Era viernes. La gente se atropellaba frente a las tiendas ubicadas en ese tramo del eje central. Casi era la hora del cierre.

Las ocho en su reloj y Leonardo pensó que allí le esperaba el amor de su vida -pensó en la canción de Silvio- y no quería que pasara de largo. Entonces recordó a Sabina, y sin pensarlo demasiado, caminaba y jugaba con las palabras… yo, mi, me contigo…Ariana estaría en la puerta lateral…pero no estaba allí, pasaron los minutos, las medias horas y la tensión crecía en las manos de Leonardo. Sudaba. Una cita a ciegas, sin coartada, sin más pretexto que esta chamarra de mezclilla y una camisa a cuadros, con predominancia del rojo, le dijo, el color de la pasión, pensó, era suficiente para diferenciarse. Ella iría de playera  negra y  pantalón rosa mexicano. Con esa descripción y la imagen que se habían hecho de cada uno jamás se perderían. Pero al rato vino el desengaño. Ella no apareció. Leonardo caviló entre abordar a cualquiera de las mujeres que esperaban allí la llegada de su galán,  y ninguna era Ariana, ninguna vestía de rosa mexicano. Y Leonardo ya había preguntado a una y otra. Lo miraban con algo de compasión, como quien ve a un desesperado que ha remontado infinitas leguas para un encuentro con su destino. Habló a su casa, el número que ya había memorizado como un juego de asociaciones en los intermedios de sus lecciones de matemáticas. Allí estaba, suave, dulce su voz como cada noche, diciéndole que había estado, a la hora señalada, pero que no lo había visto. Pero si estuve allí, pero si…no, no te preocupes, tantas puertas, tanta gente, en fin, no te muevas, iré en unos minutos, vivo cerca…

Leonardo frotó sus manos, entre la angustia y la emoción…. ¿Qué dirían sus amigos de la universidad, si lo vieran allí, en esa incertidumbre, en esa esquina de Bellas Artes, con un frío que empezaba a hacerse intenso a esas horas de la noche? ¿qué pasaría si algún maestro pasara y lo saludara?, Leonardo, ¿qué haces aquí, por qué tan solo, esperas a alguien?… en fin, y él sin respuestas, se excusaría diciendo que esperaba a unos amigos para ir al cine….menos mal que no dijo cuál película vería pues hacía días que no veía la prensa ni las carteleras. Ariana apareció por fin. Era inequívoca su vestimenta, su gesto de sorpresa.  Lejos estaba de la descripción del Tiempo libre, del teléfono, de su imaginación. Aquella mujer parecía salida del mismísimo sueño, era…no podría describirla…era el vestigio de un antiguo esplendor, pero sólo, sólo ruina. Ariana no era gorda. Era una masa. Los senos le llegaban casi al borde del pantalón rosa mexicano, los brazos  escurrían,  su cara redonda y alargada semejaba una mezcla para pizza, y su olor, era ajo o alcanfor, no supo distinguir por las trazas de un perfume. Sí, también era un perfume…todo esto pasó por la memoria olfativa, por los recuerdos culinarios de Leonardo, por el hambre que en ese momento sentía. Ella advirtió el pavor de su romántico amigo. Apenas le tomó la mano y le dijo que fueran a donde él quisiera. En ese momento Leonardo sintió el primer impulso de salir corriendo, pero caballero es caballero y le propuso el cine.

En el camino hacia el eje central él le hizo bromas sobre su nombre. No tenía nada que ver con el sigo Aries. Le dijo que era virgo y sonrió. Tomaron un taxi, el conductor sugirió una película “buenísima”, dijo, que él había visto con su novia dos noches antes. Ándale, no es un churro, les dijo, y los dejó en la calle Colón. Esa noche, en la marquesina del “Cinemex Real” proyectaban “Mi pareja equivocada”, qué iba a pensar Kevin Smith, que esa noche él, Leonardo era casi el protagonista de su film, qué paradoja. Leonardo pensaba en la historia de Almodóvar y sentía la carne trémula, la suya, la que llevaba a su lado. La sala oscura, ultima función, empezaban los comerciales. Ya vengo, voy al baño. El impulso de salir corriendo lo llevó al retrete. Se sentó a pensar, qué hacer, pero ella era una dama, y yo un pinche caballero andante finisecular. Volvió a su asiento. La respiración jadeante y el lejano olor de especias que expedía Ariana, le hacían sentir culpa. No vuelvo a hacerlo. Recordó lo que a él le gustaba decir a sus amigas y compañeras de estudio ―la primera vez siempre es dolorosa…― Pero ella lo sacaba de sus ausencias. Eres el afortunado. Recibí más de trescientas llamadas en mi contestadora…..Quise hablarte a ti…Eres mi elegido, te llamé porque me gustó tu nombre, luego tu voz, luego la modestia de tu descripción…en fin… Ahora estaban sentados, ambos decepcionados, ambos sin la ansiedad que hacía dos horas los había llevado al lugar del encuentro.

II


Bar “La fina estampa”, al frente dos cervezas “Victoria” y dos voces desafinaban entre acordeón y guitarra canciones del norte, corridos de la revolución, y que viva mi general Villa. Y entre ambos la brecha, una necesidad no fácil de confesar, de salir ilesos del encuentro. Esa noche Leonardo escuchó, como un confesor de almas a su feligrés, pensado en el fútbol, en el depósito bancario del día anterior, en la tarea que no pudo terminar. A ratos volvía. La historia conocida, la que se escribe siempre,  uno, cientos, miles de cuentos de cada persona que se sienta en un bar a beber una, dos, tres cervezas, a dejar correr la noche. Había salido de Colombia, había sido modelo. Conoció París y a muchos pintores. Abandonada, dos hijos, su marido la dejó cuando sus hijos crecieron. No le guardaba rencor a su marido. Un hermano suyo cuando tenía diez años había matado al padre. Él mismo tenía miedo de que uno de sus hijos lo asesinara mientras dormía. Los últimos días que vivió en su casa fueron de silencio absoluto. Pasó las noches sin dormir y un buen día desapareció.

Ariana supo que el temor se había apoderado de él, no quería volver a la historia, siendo él esta vez el protagonista. Se fue. Después ella supo que vivía con una mujer mucho mayor que él. Alguien dijo que era por la seguridad de que ésta no le daría hijos. Así estaba ella, sola, buscando amor, seguridad, por eso había puesto el anuncio en la revista, por eso había mostrado tanto interés en las llamadas telefónicas, por eso sintió que era un milagro cuando tomó el teléfono y era Leonardo preocupado por la ausencia a esa cita. Otras historias vinieron y otras y otras. Leonardo acostumbrado a la noche intensa, recordaba otras vigilias, otras urgencias en su avatar de tecolote. La escuchaba, ya sin los deseos controlados de correr. Ésta vez había un poco de compasión, de pena ajena, quizás de culpa. Otro hombre, el vendedor de flores, se había enamorado de ella, pero era de otra ciudad, ella estuvo dispuesta a dejarlo todo por ir con él, pero Diego, así se llamaba, pensó que era poca cosa para ella. También la abandonó. Historias, historias. Dijo que en su juventud había sido reina de belleza. De aquello nada quedaba. Ahora de pura soledad, de puro sufrimiento, había engordado y engordado y le dijo que partiría de nuevo a Colombia, su lugar nativo, buscaría el lugar frente a los pinceles, frente a los colores,  frente a la mirada escrutadora de Fernando, su amigo pintor.

III


Ahora Leonardo volvía del sueño. No recuerda cómo llegó a su casa, lo que le contó a su casera cuando lo vio llegar desaliñado y turbio. La mujer se había evaporado y casi amanecía. En su memoria quedaba el arrullo de la voz, el olor a especias, la mirada profunda que hablaba desde su esperanza y las historias que escuchó entonces ahora eran como fragmentos que se cruzaban como rompecabezas, cómo odiaba los rompecabezas. Leonardo  recordó esa noche por muchas noches, y soñó y despertó algunas mañanas con la sensación de haber caminado hasta la madrugada. Ella a estas alturas habría retornado a perseguir sus sueños, estaría frente a Fernando, su amigo colombiano, el pintor de las simpáticas mujeres gordas. Él nunca entendería que había estado cerca de otra forma de la belleza, le dolía en el fondo no haber podido comprender ese regalo enviado de mundos grotescos para poner a prueba sus parámetros de la belleza, de los que tanto se jactaba. Recordaba a Vinicius de Moraes…que me perdonen las feas, pero la belleza es imprescindible. Entre una maraña de brazos, de ojos, de tetas inmensas, de nalgas informes amanecía. Esa era su realidad, su sueño, su pesadilla que no lo abandonaría. Y sobre todo ese peso, ese olor de Ariana que aparecía a veces en las calles, en las estaciones del metro, en los mercados, en los andadores de la alameda. Hace mucho que no pasa frente a la entrada del Palacio de Bellas Artes, y mucho más que no lee la revista Tiempo libre. Podría volver a verla salir de allí, con su pantalón color rosa mexicano o descolgarse de un cuadro al verlo pasar. Prefiere recordar que lejos, en algún lugar, Ariana estará contando a otros sus historias o posando sus formas para la inmortalidad.

© Gregory Zambrano

Ciudad de México, junio de 1998.

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